Por Alexandre de Rungs, arquitecto
Durante décadas, el crecimiento urbano de la Ciudad de México estuvo ligado a la demolición y a la expansión. Hoy, el reto es distinto: crecer sin destruir, densificar sin sacrificar calidad de vida. En este nuevo escenario, la rehabilitación y el reciclaje arquitectónico se han convertido en una de las tendencias más relevantes de la arquitectura contemporánea.
«Durante mucho tiempo pensamos que el progreso significaba construir algo nuevo; hoy entendemos que el verdadero avance está en saber transformar lo que ya tenemos», explica el arquitecto Alexandre de Rungs.
Como arquitectos, enfrentamos una responsabilidad clara con la ciudad. El futuro no está en construir desde cero, sino en reinterpretar lo que ya existe. Reciclar un edificio es una de las acciones más responsables que podemos ejercer desde la práctica profesional: reduce de manera significativa la huella de carbono, evita la sobreexplotación de recursos y mantiene viva la memoria urbana.
«La ciudad no necesita más escombros, necesita mejores soluciones habitacionales. Rehabilitar es también un acto de respeto por la historia y por el entorno», señala De Rungs.
La diferencia entre demoler y rehabilitar es profunda. Demoler implica transportar toneladas de escombro, producir nuevos materiales y comenzar nuevamente desde cero. Rehabilitar, en cambio, permite aprovechar estructuras existentes, optimizar recursos y devolver valor urbano a zonas que han quedado rezagadas. Este enfoque resulta especialmente relevante en una ciudad que necesita vivienda, pero también orden, infraestructura y comunidad.
En su práctica profesional, De Rungs ha encontrado en la vivienda colectiva un espacio ideal para esta transformación. Edificios antiguos, casas deterioradas y estructuras subutilizadas representan oportunidades reales para generar hogares bien diseñados, funcionales y conectados con su entorno.
«La Ciudad de México ya tiene mucho construido; el reto es volverlo habitable y funcional para las nuevas generaciones», comenta el arquitecto. «Cada edificio recuperado es un paso para evitar que zonas completas caigan en abandono».
Esta tendencia también redefine el papel del arquitecto. Ya no se trata únicamente de diseñar dentro de un predio, sino de entender qué aporta cada proyecto al exterior: calles más activas, comercio de barrio, mejor iluminación natural, ventilación adecuada, áreas verdes y una relación más sana con el entorno inmediato. La arquitectura deja de ser un objeto aislado y se convierte en un agente urbano.
«El proyecto no termina en la fachada. Empieza cuando el edificio se integra y mejora la vida de quienes lo rodean», afirma De Rungs.
El reciclaje arquitectónico responde, además, a una nueva conciencia social. El uso de materiales locales, proveedores nacionales y soluciones constructivas inteligentes permite reducir costos, fortalecer la economía local y minimizar el impacto ambiental. No se trata de una moda, sino de una responsabilidad profesional con la ciudad y con quienes la habitan.
«La sostenibilidad no debe ser un lujo, sino una condición básica de cualquier proyecto arquitectónico actual», añade.
La tendencia es clara: las ciudades que apuestan por la rehabilitación no solo se ven mejor, funcionan mejor. En ese proceso, la arquitectura recupera su sentido más profundo: mejorar la vida cotidiana de las personas y construir ciudades más humanas, sostenibles y habitables.
«Reciclar edificios es, en el fondo, reciclar oportunidades para la ciudad y para quienes la viven todos los días», concluye Alexandre de Rungs.


































